jueves, abril 28, 2016

Instrumental de James Rhodes, una maravilla literaria



La música clásica no es lo mío. Ni el jazz tampoco. Son dos estilos con los que ni congenio ni creo que llegue a congeniar nunca. Por eso me resistí a leer Instrumental de James Rhodes, un libro que todo el mundo me aseguraba iba a gustarme mucho. Rhodes es un pianista británico clásico considerado por muchos como de los mejores del mundo algo que, evidentemente, yo no sé valorar. Esta autobiografía, además, viene precedida de problemas judiciales, ya que su ex mujer quiso impedir su publicación con una demanda que fue desestimada.

Hace unos días decidía que había llegado el momento y me lancé a leer sus página Lo cierto es que el libro es una maravilla, independientemente de lo que uno opine de la música clásica y a pesar de que es un elemento esencial de la obra. Da igual. El libro es tan aplastantemente emocional que te noquea en apenas unos cuantos párrafos. Marcado por los abusos que sufrió de niño por su profesor de boxeo (“Abuso. Qué palabra. Violación es mejor. Abuso es cuando le dices a un guardia de tráfico que se vaya al infierno”, asegura), Rhodes explica una vida complicada en el que se confiesa un enfermo mental por culpa de esa circunstancia que duró unos cuantos años y que le llevó, entre otras cosas a convertirse en adicto a autolesionarse. Su lenguaje es cercano, nada literario, pero escribe excepcionalmente bien. Introduce en temas tan complejos el humor y la ironía, pero consigue hacerlo sin quietarles la importancia que tiene. Genera angustia, compasión, alegría, miedo y tristeza en el lector y eso es un objetivo difícil de alcanzar para cualquier escritor. Se desnuda sin rubor, o con mucho pero intentando superarlo. Completamente. Sin dejar nada para sí mismo. Simplemente porque lo necesita. Porque contar su vida forma parte de su terapia probablemente. Y haciéndolo consigue facturar uno de los grandes hitos literarios de la década. El libro que servidor hubiera votado como el mejor de 2015 si lo hubiera leído antes.

Sonando: Wallpaper Angel de Stephen Kellogg

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